lunes, 12 de febrero de 2018

EL SOLDADO Y LA MEDALLA


El soldado volvió de la última misión que sus superiores le habían encomendado. Recibió órdenes y las cumplió, como el resto de sus compañeros. Y le dieron una medalla por lo bien cumplidas que fueron las órdenes. Le dijeron que por su valor.

Lo enviaron a lo que le dijeron que era una guerra, una revuelta que había que atajar. No debía cuestionarse nada más. Lo habían entrenado para eso: para recibir órdenes y cumplirlas. Quienes eran los buenos y quienes los malos. Le habían entrenado a no pensar.

Ya había estado en otras misiones. Esta no fue distinta. O quizá sí.

Fue a la guerra y mató gente, pegó, disparó a todo aquel que se interpusiera entre él y su grupo y su objetivo: avanzar. No importaba quien estuviera delante. Avanzar, matar, pegar. Sin distinguir. Todos eran el enemigo.

Lo que al soldado no le explican es que esa gente “mala” cuando quieren hacerle daño, se defiende. Y le hirieron.

Durante los días que estuvo fuera de su casa pasó hambre, frio, y vivió arracimado con el resto de sus compañeros de la soldadesca.

Pero, a su vuelta le dieron una medalla por lo bien se cumplió las órdenes, por haber matado, apaleado y golpeado, sin discriminación y sin cuestionar por qué lo hacía. Eran órdenes.

En las horas de relevo, entre incursión e incursión, bebía junto a sus compañeros para pasar los largos ratos muertos.

Todos reían y hacían chascarrillos con poca fortuna y menos gracia, a la que los demás aplaudían, cogiendo el relevo uno después de otro para ver quién la decía más grande, más gorda y más bestia.

Él, nuestro soldado el que más, no vaya a ser que se note que tiene dudas de la misión. No dice nada para que no le tilden de cobarde, traidor, o, lo peor: de un no patriota.

Sabía lo que les pasaba a los que hacían preguntas, por pocas que fueran. Con sólo una bastaba. Ya quedaba tachado de contaminado por el enemigo.

Él no quería eso. Le daba pavor. Pero, había matado, saqueado, goleado, humillado y pisoteado todo lo que se la había puesto delante en el cumplimiento de su deber.

¿Era ese su deber? Cuando se alistó no todo era prácticas de tiro; también asistió a  clases teóricas, teóricamente, donde le decían que la función de un soldado era la de defender a la gente, a la gente desprotegida, desarmada. El ataque era para los invasores, para proteger a ese país al que amaba y a su gente.

También podrían enviarle a misiones en el extranjero,  a defender los derechos de gente que, como personas indefensas, no podían defenderse por sí solas, o porque su opresor era mucha más fuerte. Para restablecerla paz en tiempos de guerra.

Él era un patriota, quería a su país; pero de esta última misión, la visión de un niño ensangrentado, tirado en el suelo, al que dejaron allí mismo, al que no socorrieron porque la columna debía avanzar.
Cuando dormía, se sobresaltaba con la imagen del niño y su sangre. Sangre que dejaba ver unas marcas de unos de sus vehículos todo terreno.

No podía cuestionar la bondad de las órdenes recibidas porque sería inmediatamente proscrito. No podía decirle a nadie que no entendía el motivo de la misión, porque le habría llamado traidor.
¿Traidor a qué? ¿A sus moral? ¿A sus ideales? ¿A lo que consideraba justo? ¿A cuestionar una órdenes injustas? Pero. A perder su trabajo.

Así que, durante los meses que estuvo fuera de casa, cumpliendo la misión, cada noche se retiraba al campamento improvisado, comió las gachas que le pusieron, bebió y rio las hazañas del día que los otros contaban.

Ya de vuelta de todo aquello, ya en casa, pensó que solo fue la lejanía de los suyos que le había  hizo tambalear. Pero, viendo a su familia, a sus hijos le vinieron extrañas ideas la cabeza. Extrañas por nuevas hasta entonces: ¿y su hubieran sido a sus hijos, a su mujer, a su perro, a los que hubieran hecho el menor daño? Bah! ¿Por qué iba a ocurrir eso? .Ellos no eran malos. Pero, podrían ser víctimas colaterales, de esas que entran en las estadísticas frías como témpanos en los despachos y en los noticieros, porque la columna debía avanzar.

Se es un mal soldado, y un mal patriota si te cuestionas por qué te envían a una guerra, de la que no sabes nada, de la que no conoces sus motivos, de la que no sabes por qué a la gente a la que vas a pisotear levanta un palo o cogen una piedra porque es lo único que tiene para defenderse. A veces, ni piedra, y solo juntan sus manos como una cadena para impedir el paso de soldados al grito de “somos gente de paz”, “somos gente como vosotros”.

Al soldado le dieron una medalla. Fue bien recompensado.









ME CANSÉ


Me caNsé. Me cansé de que me sangrara el alma y vendar las heridas de otros. De ocuparme, de preocuparme de que se curaran, de solucionar los problemas de los demás antes que los míos. O los pasaba por delante.

Me caNsé, sin esperar nada a cambio, sabiendo que luego me iría a mi rincón por los días que fuera necesarios, en soledad, conmigo misma, para curar mis heridas, mis tribulaciones. Me cansé, sin esperar que hubiera alguien dispuesto a escuchar mis tribulaciones, por no molestar, y porque sé que a pocos, muy pocos, están dispuestos a escuchar. En hacer ese pequeño esfuerzo.

Me caNsé de hacer de secretaria, de criada, de mecánico, de planchista, de manager, de hombro para llorar, de organizadora, de empujar para que las cosas salieran para adelante, de solucionar temas de otros. Antes que los míos. Después todo lo mío, y yo solita. En  realidad, hasta donde podía mermar por la batería muy baja.

Oh!. “Sí, esa chica tiene capacidad para eso y más”. Pero eso no da derecho a nadie a esperar que te lo hagan soluciones, enfoquen, limpien,…

Nadie quiere escuchar miserias humanas. Nunca fui a dada ello por ese motivo, Así que me caNsé de escuchar las de los demás.

Poner en orden mi vida, mis ideas, mis planes, mis proyectos, levantar un hogar, conlleva tiempo y esfuerzo. Así que me caNsé de dejarlo en segundo plano por mi tendencia a acudir al otro antes de acabar lo mío. Cuando se emplea en exceso, se usa y abusa de una palabra, ésta queda vacía de contenido y se prostituye.

Quién lo ha consentido: Yo.  ¿Por qué?: A parte de por una muy inculcada obligación del  ”deber” de hija, hermana, compañera, amiga, y todo los demás papeles en que nos desdoblamos muchas mujeres, los que me conocía y conocen utilizan el sistema de alejamiento temporal hasta que se me pasara la hartura, el agotamiento, el cansancio. Saben que estoy en mi rincón, y una vez pasó el pequeño huracán mental, vuelta al ataque.

Éste ME CANSÉ lleva un punto y final. No ha sido fácil ni cómodo llegar a esta conclusión. Me ha llevado muchas horas de mirarme al espejo, verme, y  mirar en mi interior y verme. Desaprender  poco a poco como quien cambia la piel de una serpiente que debe arrastrase por el suelo hasta encontrar algo pinchoso que le ayude a estirar de la piel muerta.

Y, ahora toca entrenar la mente, para cuando me vuelva a dar esa mezcla de entre innato- aprendido, distinga lo que impuesto por aprendizaje egoísta e interesado, y me quede solo con lo innato.

Así, que lo primero que ya puse en práctica es dejar de presentarme como voluntaria. Ésta técnica-estrategia tiene una consecuencia práctica: verás quien viene, quien se queda, quien estaba.

Hace tiempo que aprendí que es un error da consejos a quien no te los pide... Os diría más: puede ser perjudicial. De vez en cuando aún me queda el ramalazo. ¡Una que es dura de mollera!. Pues, a entrenarme más.

Así que dejo de presentarme para voluntaria en las guerras de los demás, salvo que me pidan ayuda. Y, en la medida que mis fueras y tiempo puedan, ahí me tendrá. Como siempre, pero de otra manera.
El respeto por uno mismo comienza en uno mismo. Y a quien no le guste, que busque en otro lado. De hecho, es lo mejor que un buen amigo puede hacer: que aprendan a ser responsable de sus actos, sus problemas, sus dubitas, sus desordenes, sus gestiones, y todo lo  demás, que no es poco.

Y si a ese alguien no le gusta, pues tal vez no debería estar aquí, pero ya sabe que no encontrará la “solucinadotodo”, “ocúpate tú, que sabes más”, desde un huevo frito a un tema judicial o legal.
Me caNsé, de esperar, de dar sin que me lo preguntaran (no podría nada a cambio, nunca), de olvidarme de mi vida, de que hay personas que pasan sus prioridades por encima de las demás. No lo critico.

Lo que digo es que no esperen más. Me caNsé.

Sigo curando mis heridas acurrucándome un rincón, sin molestar a nadie (porque nadie quiere ser molestado), y viviendo mi vida sin plenitud, porque cada vez que volvían a crecerme las alas, pasaba algo que me las cortaban.

Quien lo quiera ver limpio, que limpie. Quien quiera ver la nevera llena, que la llene. Quien quiere tener todas las gestiones al día y sin pagar prenda, que las haga; quien quiera montar un negocio que se remangue. Quien quiera solucionar sus problemas sentimentales, que vaya a un psicólogo o hable con quien deba, o tome una decisión por sí misma; quien quiera la ropa limpia, planchada y en el armario, que lave, planche y ordene. Eso es lo primer o que hay que ordenar: tu casa. Y, o lo hacen mismo, o pagas para que te lo hagan.

Quien necesite un community manager, una correctora lingüística, una enfermera, un a gestora fiscal, un abogado, una recadera, una limpiadora, una manitas arreglalotodo, que lo busque y que lo pague. ¡Caray! Lo curioso es que cuando lo han hecho han pagado. Pues, se acabó.

Mi espalda tiene un límite de carga sobrepasado hace tiempo. Me iba a terapia, me la arreglaba y otra vez.

Soy consciente de que sigo teniendo ciertas responsabilidades indelegables (ni tan solo compartidas), por cuestiones que no dependieron de mí, -digamos que heredadas-, pero de las que sí me toca el papel, pero que no esperen que vaya corriendo, llegue sin aliento y me lo cargue a las espaldas.
Nunca he chantajeado moralmente a nadie para que me solucione mi vida, para que cura las heridas. Ni lo he pedido, Pocas meces me he encontrado a alguien, pero solo por un ratito, porque es agotador ¿Verdad?.

Lo que parece es que este cuaderno de quejas que me ha salido, viene a concluir con lo que dijo un sabio o una sabía: primero cuídate de ti, ponte fuerte, vive la vida que realmente quieres, y solo así, podrás dar luz a los que te rodean. Y, ayuda o reconforta hasta el un tope en que no te dañe. Y, yo añado dos razones: primera, porque lo mejor que puedes hacer es enseñar a esa persona a que sepa caminar por la vida; y, la segunda, porque volveré a mi rincón a cargar la energía gastada, y me verán, y me dejarán en ese rincón hasta que salga otra vez.

Así que, vive tu vida, no jodas a los demás, deja algo de provecho en este mundo y, si tienes la suerte de alguien te regale una rosa, disfruta de ella, sabiendo que tiene espinas.

Y, de vez en cuando tiende la mano a alguien para que se levante. Ese día el Mundo será algo mejor.



miércoles, 7 de febrero de 2018

LA BOTA QUE TE PISA EL CUELLO


Da igual que la bota con la que te pise el cuello sea la derecha o la izquierda. Todos buscan lo mismo: tu miedo. Tu miedo a levantarte y comprobar que no tienen ninguna fuerza en ti más allá de la que tú le las. Tu miedo le da el poder a quien te domina. Tu miedo es su miedo a que te levantes.

En realidad tú eres tu propio enemigo. Libértate del miedo y ganarás tu libertad. Ah!, y ten claro una cosa; ningún opresor, dictador, manipulador, o lo que sea que acabe en or, te dará la libertad. Tendrás que ganarla tú.

No me refiero al miedo que aún pervive en nuestro hipotálamo (millones de años de evolución para tan poco), al que busca nuestra supervivencia cuando se para a beber en un rio, al que nos hace salir corriendo marcando velocidades de las que no creíamos ser capaces, en medio, de una estepa, por un ruido que nos alerta de que algo va mal o puede ir mal.

No soy psicóloga, (ni pretendo hacer de ello), ni paleontóloga, ni nada de eso; pero, permitidme una licencia: vamos a llamar a uno el miedo intrínseco, el de supervivencia, el “racional”, el “bueno”, porque nos hace seguir vivo.

Al otro, al que me vengo a referir, voy a llamarle el miedo “malo”, el que nos paraliza, el que nos esclaviza, el que hace de nosotros muñecos de guiñapo en manos de quien nos tiene, el llamado reverencial, el irracional, el miedo a ser nosotros mismos.

Con lo de irracional tampoco quiero entrar, ni que nadie lo entienda así, a las fobias. Nada más lejos de mi intención. Por dios!. Y, si así fuera, es que me habría equivocado mucho, muchísimo al volcar este pensamiento en palabras escritas para compartirlo con….quien quiera leerlo hasta el final.

El miedo malo, el que nos atenaza, es aquel al que le damos nuestra libertad a una figura que por medio de manipular nuestras creencias, o modelarlas, o hacérnoslas tragar a la fuerza, lleguemos a la irremisible conclusión de que nuestros movimientos, pensamientos, incluso nuestra respiración, le pertenecen.

Y, no es verdad. Entérate. Y lo repito, tu único enemigo eres tú mismo que le has cedido tu libertad.
La única fuerza con la que cuenta un opresor es la de que creas que él – o ella-, tiene el poder, y que no te puedes levantar, liberarte de eso por los siglos. Porque siempre ha sido así, O porque, a partir de ese momento, así será.

Los humanos somos tan idiotas que científicamente lo tenemos probado y comprobado con animales. Como si nosotros no lo fuéramos.

Existe una fábula en la que se explica que a un elefante, ya desde pequeño, en un circo, se le ató una de sus pequeñas patas a una cadena de hierro y ésta a una estaca bien clavada en el suelo. Al principio, el pequeño elefante tiraba y tiraba, pero sin conseguir soltarse. Era pequeño, débil y aún no tendría la increíble fuerza de un elefante adulto.

El elefante creció, se hizo adulto, y siguió encadenado noche i día a la cadena, ya más grande, que rodeaba su enorme pata, sujeta al suelo por una pica de hierro. Pero él desconocía de su fuerza, porque hacía años que había renunciado a liberarse, a buscar su libertad, sin ataduras.

Un día, un niño al que no le gustaban los animales encerrados en jaulas (aunque estas fueran imaginarias), se apiadó de él y desenclavó la pica de hierro. Le costó. Tuvo que hacer mucha fuerza tirando hacia arriba de eso trozo de hierro. Pero lo consiguió, porque no era más que un trozo de hierro contra la voluntad del muchacho de dejar libre al enorme elefante, que le miraba con ojos de resignación.

Satisfecho, el muchacho acarició la trompa del animal, y se fue. El elefante no se movió. Ni se movería.

El domador había conseguido su objetivo hacía años: hacer creer al animal que no había escapatoria posible, que no tenía fuerzas. ¡Santo Cielo!. El elefante no era consciente de su fuerza, ni ya adulto. Sometido, humillado y encarcelado por miedo.

Porque esa es la única arma de la que disponen los opresores, los maltratadores de todo tipo: el miedo.

Te lo repito, y si pudiera hacerlo, lo haría una y mil veces hasta que esa falaz creencia que te metieron en la mollera se hiciera añicos: su única fuerza es tu miedo. El opresor no te dará nunca la libertad. La libertad te la tienes que ganar tú, porque es tuya, porque es tu derecho. Pero, solo lo conseguirás cuando venzas a tu propio miedo.

Cuando deja de haber miedo, deja de haber esclavitud.

Da un paso al frente: verás que no te caes por ningún precipicio. Hay tierra firme bajo tus pies. Aléjate de los convencionalismos, haz lo que siempre has querido hacer: verás que no ardes en una hoguera.

Es, demás, una pesada carga. Lo sé. Todos hemos tenido miedo a algo o a alguien en algún momento de nuestra vida. Pero, si cortas la cuerda y la dejas caer, además de sentir un alivio inmenso, se sentirás liberado.

Porque la libertad personal, y estar liberado como ser humano –de prejuicios, por ejemplo-, tal vez sean dos cosas distintas. Una consecuencia inexorable de la primera. Cómo un árbol que primero debe crecer con una fuertes raíces, y luego extender sus ramas.

Ser libre y estar liberado puede que sean cuestiones distintas.

Y tú, ¿Qué crees?.




lunes, 5 de febrero de 2018

LAS LLAVES

Os voy a contar una historia particular, como cualquier otra, como hay muchas. Seguro que no os suena a nuevo porque, en el fondo, es una historia de pequeñas ambiciones humanas en la que alguno o varios de los protagonistas quiso imponer su propia ambición y visión del mundo, olvidando que no somos más que seres diminutos como un grano de arena.

Esta es la historia de un grupo de chicas jóvenes, ambicionas, e ilusionadas.  Sobretodo ilusión, el ingrediente mágico. Ignoro la medida de la ilusión de cada una de ellas, salvo la de una, la de quien contará esté pequeño grano de arena en un Mundo siempre cambiante y en movimiento; pero, grande como una montaña para quienes formaron parte de ese viaje, que ya nació con intuida fecha de caducidad (aunque en ese momento no lo supiéramos), porque es lo que ocurre cuando se unen ambiciones e intereses divergentes de cada una de los componentes del grupo, que el azar vino a unir durante un tiempo.

Después de una más que sobrada formación, en una época de nuestra Historia reciente, (y tan lejana  a la vez), en que todo parecía posible si te esforzabas, trabajabas y tenías cierto talento. No importaba los orígenes de cada una de nosotras, de qué familia provenía, si era más o menos acomodada, o trabajadora dependiendo de un sueldo. O, en qué ambiente había crecido: un hogar en armonía, desestructurado, envuelta y protegida o teniendo que luchar en mil batallas que no le deberían haber correspondido.

En ese momento, cuando tres jóvenes deciden montar su propio despacho de abogados, todas habías llegado al ilusorio mismo escalafón por formación, educación y titulación. Ilusorio porque cada una de nosotras, ese pequeño grano de arena que somos, es un mundo en pequeño para cada persona; y cada una de nosotras venía con su mochila de lo que quería, lo que pretendía y cómo conseguirlo. Normal, es la naturaleza humana. Pero, nos unía un proyecto de vida en común. Profesional, sí, pero de vida, porque no hay otro modo de entenderlo para que la criatura nazca, crezca, se desarrolle fuerte, y acabe caminando sola. Un proyecto vital.

Un proyecto vital común, dentro de cada uno de nuestros particulares universos.

Un proyecto que nació marcado por su finitud debido a esa misma confluencia enriquecedora. Tal vez podría definirlo como el lado oscuro que todos llevamos. Esa divergencia en la dirección que debía tomar vino de la mano de las diferentes ambiciones e intereses personales  de varios de sus componentes.  En ocasiones por acción; en muchas, por omisión.

¿Dónde estuvo ese inicio del final?. En la entrada de una cuarta persona. Éramos tres, número mágico. Y, quien sabe si en un universo paralelos seguimos siendo, porque las que se callaron o admitieron a la cuarta persona tuvieron una posición más activa, y por encima de la pequeñez de cada una en favor del todo.

Tal vez debió ser así.

Desde el principio fui la voz discordante. Así me sentí, y me hicieron sentir. No me duele decirlo. Ya no. Ya pasó esa eternidad de tiempo humano. Aunque, tal vez duela que lo diga. Quién sabe.

Puede que esos mismos intereses y en devenir interior por caminos tan dispares de cada una de nosotras haya hecho que se comparta esta visión. Eso estaría bien, sería comprensible, más que aceptable.

Lo que no acepté, no acepto ni aceptaré nunca, es lo que percibía. Un “en el fondo estoy de acuerdo contigo, pero no digo nada porque no me interesa, no me conviene, no es mi guerra y estoy más ocupada en otras cosas”, o “estoy de acuerdo, pero quémate tú”.

Pasar del 3 al 4 fue la célula cancerígena que entró para, poco a poco, crecer, acabando por disponer 1 sobre 3.

Años después, me tocó a mí entrar en mi travesía del desierto particular, que me llevó a la difícil y dolorosa decisión del “hasta aquí he legado”.

Como todo en esta vida,-en el trozo que nos toca estar-, todo depende cómo se trate, como se haga, cómo se enfoque.

En mi caso, lo peor después de todos los años de bregar con las dificultades que nos encontramos, de nervios, de muchas horas pasadas en esas cuatro paredes, lo peor no fue decir adiós. Sino que me abrieran la puerta. Y, quien consideraba más cercana a mí, me pidió la entrega de las llaves, no fuera que entrada a robar los secretos del Vaticano o de Ford Knox.

Tenía claro que había roto la baraja. Que me había levantado de la mesa de juego y que la partida, más pronto que tarde acabaría con cada jugadora tomando su propio y autentico rumbo. El que ya estaba dibujado en el tapete de la mesa y que ninguna de ellas, hasta ese momento, admitía, al menos en público. Y, así fue.

Todo tiene un tiempo y un momento. Ese momento puede ser de 1 año, 10 años, o todo lo que nos lleve la vida en este mundo.

Una espinita quedó clavada, para mayor sorpresa y despiste mío. A la más cercana a mí de las otras 3 le hice o dije algo, que aún hoy en que escribo estas líneas, desconozco, y que me hacía aparecer a sus ojos poco menos que apestada, o persona non grata.

No, no trato de cerrar ningún circulo. Está cerrado. ¿O no?. Lo curioso es que sí lo pensara la persona  a la que no sé qué hice si es que hice algo que la molestara hasta tal punto. Ni el día en que, años después la visité.

Ilusa intención la mía. Mi corazón fue a escuchar ese motivo, razón suya o lo que fuera. Sin más pretensiones que saludar. Ni así.

Bien, a nadie se puede obligar a que diga o haga algo que no quiere. Habló de todo menos de lo que fuera que hice, que no sé lo que hice. Pero, seguía transmitiendo el rechazo de años atrás.
Más o menos he ido siguiendo sus avatares, en la medida en que he podido y se han comunicado. Y, lo que puedo decir en positivo, es que desde el momento en que me fui, en que rompí la baraja, aquello pareció más el efecto dominó que hacía falta, tal vez.

farewell my freinds!.

PS: Lo hasta aquí descrito, es mi opinión, mejor o peor expresada, de una etapa vivida.  No pretendo en modo alguno molestar a nadie. Bueno, a parte del hecho que ya molesté haciendo

lunes, 29 de enero de 2018

LA FOTO DONDE NO ESTOY


La he visto por casualidad. Ni la buscaba, ni pensaba, ni me acordaba. Pero, la he vuelto a ver después de siete años, la foto del grupo de una cena que se organizó no muy lejos de aquí, y supuestamente por mí. Para el “reencuentro”. Como cualquier otra buena razón para que viejos amigos del colegio y del instituto se reúnan.

Y, todo esto por una foto que no me he encontrado en una caja de zapatos, de las que tienes que ir a buscarlas expresamente para mirarlas. Me la he encontrado de frente en el ordenador, la foto digitalizada.

No fui, ni a la primera ni a la segunda, porque fui cobarde conmigo misma. Sí. Cobarde.

Fue en mayo, y puse la típica excusa de que me encontraba un poco indispuesta. De hecho, lo estaba, casi enferma de melancolía.

Y, pido perdón. Pido perdón por no haber sabido superar por unas horas el dolor que me provocó que se abriera una cicatriz, de esas olvidadas por el tiempo.

Y, pido perdón porque volví a ser cobarde unos meses más tarde, en diciembre, cuando tampoco asistí a la reedición de la cena. De la primera había sido absuelta con el típico “no te preocupes”, “ya habrá más ocasiones”, “dentro de unos meses, “lo importante es que te mejores”.

No fui capaz. Hoy lo puedo decir, hoy os lo puedo decir a los que fuisteis a la primera, a la segunda y a la dos, con la excusa de volver a ver a esa niña que se fue demasiado lejos, demasiado pronto.

¿Cómo surgió?. Quizás algunos os estéis preguntado (o no). ¿Por qué le doy tanta importancia?. Pues, casi por el  mismo motivo que ahora escrito estas líneas. La era digital. Las redes sociales.

Os propongo un ejercicio mental de lo que supuso en su momento: podías volver a conectar con ese viejo amigo o amiga al que habías perdido la pista. Tú aquí, yo allá, el otro ni se sabe. Tanto no se sabía que me le encontré virtualmente en México. Que ahora los estudios, las carrera. Uy! Exámenes. Trabajo. Casa. Uno se casó. Otra se divorcia. Que un hijo, que trillizos. Paro. La vida que pasa.

Amigos de aquella primera cena de mayo de 2011, y de la segunda de diciembre. Antiguos compañeros de clase. De esa edad en que la amistad se pronuncia de otra manera y que nada ni nadie podría, siquiera, ajarla, cómo os podría hacer llegar la ilusión  que sentí cuando os encontraba uno a uno por Face; cómo os podría explicar el vuelco que me daba el corazón de alegría.

Después de chateadoras conversaciones con unos y con otros, pasó lo que tenía que pasar. Alguien, con toda la buena fe, y mejor voluntad del mundo, propuso reunión. Cena, ¡qué mejor!. Y, como negarme. Al contrario, al principio también hice mis preparativos. Cómo es lógico todos vivían (y viven), en un radio de pocos kilómetros de distancia. La más alejada era yo (como siempre), por lo que quien tenía que desplazarse, “bajar”, era yo.

A medida que se acercaba la fecha, el día de ir a la ciudad, me fue entrando una congoja, una tristeza, un desánimo, una opresión en el pecho, que fueron en aumento hasta la misma noche en que estaba prevista la cena.

Cuando me mandasteis la foto del grupo, lloré. Lloré de tristeza por los años robados. De pensar que aún guardabais un recuerdo mío. ¡Dios mío!, ¿quién soy para eso?. No estaba preparada para afrontar el simple hecho de volver a ver a gente que había formado parte de mi vida, y que para mi sorpresa, yo aún formaba parte de sus recuerdos.

No lo estaba.

Mi conciencia trataba de tranquilizar a la cobardía diciéndola que a esa cena, y la otra, hubierais ido igual, conmigo o sin mí. Que alguno tal vez ni se acordaba, pero le había llamado el amigo del amigo y, ¡por supuesto que se apuntaba!.

Y, claro, que cenasteis igual, explicasteis anécdotas, reísteis, comisteis, bebisteis, estuviera yo o no. Daba igual que no hubiera ido.

Más cobarde fui cuando, amablemente, disculpasteis mi ausencia, y nos emplazamos para Navidad. ¡Claro que iría!. ¡Por ocasiones no faltarán!. Sabía que mentía, porque me volvió a ocurrir lo mismo. Volvía a hacer lo mismo, deje que mis viejos fantasmas ganaran. Volvía ser cobarde. En el fondo, sabía que tampoco asistiría, y por las mismas razones.

Os pido disculpas a los que estáis en la foto, y a los que no estáis en ella, por no haber sabido ganar mi batalla contra fantasmas de mi pasado, inexistentes, pero que se pueden volver tan reales que te paralizan con pensamientos del tipo “no importa”, “pon una excusa”, “los que vayan, irán igual”, “¿tú quién te has creído que eres?”.

Esos fantasmas, y ese acongoje, ese miedo, estaban ahí porque yo les dejé salir. No supe ganarles. Ésta era una de las batallas que debía ganar en mi interior. Hace siete años pensaba que lo estaba, pero me equivoqué. Por eso, ahora os pido disculpas.
Gracias por ir, y espero que fuera dos grandes noches.








sábado, 17 de junio de 2017

IN MEMORIAM

IN MEMORIAM

A veces no salen las palabras, y a veces hay que escribirlas.

Hoy es nuestro Décimo-Mes-Aniversario. ¡Diez meses ya!. Rápido, fugaz, intenso. Un tiempo que, a la vez, parece una eternidad. Como si siempre hubiéramos estado juntos. Así.

Las fechas son caprichosas y por siempre nos acompañarán. Lo sabes. Hoy hace cuatro meses que mi madre se fue,  me dejó, nos dejó, para descansar.

Sus últimos tres meses de agonía infinita nos han dejado pocos momentos para el recuerdo de los tres.

Me viene a la memoria una noches, de muchas, en un box de urgencias, uno a cada lado de la camilla. “Los dos sois fuertes. Los dos sois valientes. Los dos sois inteligentes”, nos dijo.

Nosotros, entre una media sonrisa entrecortada por el dolor de verla así y la satisfacción de lo que nos decía, de a su manera bendición, y medio inclinando la cabeza le contestamos: “bueno, él más”. “No, ella más”.

- ¿Estáis bien-me dijo una noche- Gina, Isra y tú?
- Sí, mamá
- Bien.

El tiempo, rápido, fugaz, infinito, eterno, implacable, poderoso y cruel, nos metió en un torbellino para que no pudiéramos echarle en cara que nos privaría de más recuerdos, de momentos vividos junto a ella. Pequeñas cápsulas para guardar en la memoria.

Quiero creer que se fue tranquila, quizás feliz, porque me vio feliz, querida a tu lado.

Se fue cuando comprendió que había encontrado esa persona tan especial para estar a mi lado.
Ya no era necesario que se quedará más. Nos vio juntos. Y eso, el Todopoderoso Señor Tiempo no nos lo podrá arrebatar.

Te hecho de menos, mamá



16 de junio de2017

domingo, 1 de mayo de 2011

Amb els mateixos ulls/ Con los mismos ojos

Es deia Hassan.Va ser un client de quan exercia a Barcelona com advocada. No m'enrecordo ben be per quin tema va ser: si per estrangeria o per penal. No era mal noi. El seu germà gran ja feia uns anys que era resident legal i ell volia continuar els seus pasos i fer la seva vida. El tema pel que em van assignar com la seva advocada era poc greu, però no parava de venir al despatx amb petites excuses de consultes. Jo el vaig acaban rebent com si m'agafes un kit-kat. Feiem petar la xarreda una mica i ell marxava content. O, a mi m'ho semblava.
Un dia em va comentar que ell preferia les dones europees per la mentalitat, per què volia i buscava una altre cosa. "Si volgues casar-me, ja ho estaria fa temps al Marroc".
Les converses de les últimes visites acabaven amb temes més personals. Es va entestar en saber l'edat que tenia. Jo em feia de pregar una mica, i li deia que ho digués ell. "Tú, tú eres ás joven que yo". -Por què?, li preguntava, -"seguro, lo eres, lo pareces". Ell tenia 28 i yo 32.
Al final un dia li vaig dir, no abans de preguntar-li si saber la meva edat canviaria en res alguna cosa. "Claro que no". La cara li va canviar. No s'ho volia creure. No podia ser. Jo semblava més jove que ell, havia de ser més jove que ell." Tu no tienes más de 25".
No, Hassan, y soy la misma persona que antes de que supieras mi edad, no es cierto?.- "Si", em va respondre.
No va tornar mai més al despatx.
Molt sovint ens fent una composició d'una persona segons ens convé, segons les nostres creences, segons l'aparença en el vestir, pel seu treball, o segons ens convé que creguin. Les nostres opinions, creences o qüestions personals més intimes les reservent per aquells que ens mereixen la nostra confiança. No hi ha cap obligació d'anar escampar res. Ni l'edat que tens.
Però, malauradament, molt més sovint del que seria saludable per evitar tanta aparença i mascarades, no diguem  ni expliquem el que sentim, ni el que ens passa o ha passat, el que pot ser hem fet alguna vegada, inclús alguna determinada malantia, per què, inexorablement, ens miraran de forma diferent a partir d'aquell moment, com si fossin persones diferents de les que eren segons abans.
Si algun dia,amic meu, t'explico que vaig fer ahir, o fa un any, mira'm amb els mateixos ulls, si us plau, sóc la mateixa persona.





Se llamaba Hassan.Fue un cliente de cuando ejercía en Barcelona como abogada. No me acuerdo bien por qué tema fue: si por extranjería o por penal. No era mal chico. Su hermano mayor ya hacía unos años que era residente legal y él quería seguir sus pasos y hacer su vida. El tema por lo que me asignaron como su abogada era poco grave, pero no paraba de venir al despacho con pequeñas excusas para consultar. Yo le acaban recibiendo como si me cogiera un kit-kat. Charlábamos un rato y él marchaba contento. O, a mí me lo parecía. Un día me comentó que él prefería las mujeres europeas por la mentalidad, porque quería y buscaba otra cosa. "Si quisiera casarme, ya lo estaría hace tiempo en Marruecos". Las conversaciones de las últimas visitas acababan con temas más personales. Se empeñó en saber la edad que tenía. Yo me hacía de rogar un poco, y le decía que lo dijera él. "Tú, tú eres más joven que yo". -Por qué?, Le preguntaba, - "seguro, lo eres, lo pareces". Él tenía 28 y yo 32. Al final un día le dije, no antes de preguntarle si saber mi edad cambiaría algo. "Claro que no". La cara le cambió. No se lo quería creer. No podía ser. Yo parecía más joven que él, tenía que ser más joven que él. "Tú no Tienes más de 25". No, Hassan, y soy la mísma persona que antes de que supieras mi edad, no es cierto? .- "Si", me respondió. No volvió nunca más al despacho. Muy a menudo nos hacemos una composición de una persona según nos conviene, según nuestras creencias, según la apariencia en el vestir, por su trabajo, o según nos conviene que crean. Nuestras opiniones, creencias o cuestiones personales más íntimas las reservas para aquellos que nos merecen nuestra confianza. No hay ninguna obligación de ir enarbolando nada. Ni la edad que tienes. Pero, desgraciadamente, mucho más a menudo de lo que sería saludable para evitar tanta apariencia y mascaradas, no decimos ni explicamos lo que sentimos, ni lo que nos pasa o ha pasado, o lo puede que hiciéramos alguna vez, incluso alguna determinada enfermedar, porque, inexorablemente, nos mirarán de forma diferente a partir de ese momento, como si fueramos personas distintas de las que eramos segundos antes. Si algún día, amigo mío, te cuento que hice ayer, o hace un año, mírame con los mismos ojos, por favor, soy la misma persona.

¿ESTÁN EN PELIGRO NUESTROS DERECHOS FUNDAMENTALES?

Cuando el Presidente del Gobierno anunció la entraba en vigor el Real Decreto 463/2020, por el que se decretaba el estado alarma, a partir...